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miércoles, 27 de mayo de 2015
Your 3-Minute Retreat for May 27, 2015
Contemplar el Evangelio de hoy
Contemplar el Evangelio de hoy
Día litúrgico: Miércoles VIII del tiempo ordinario
Se acercan a Él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen: «Maestro, queremos, nos concedas lo que te pidamos». Él les dijo: «¿Qué queréis que os conceda?». Ellos le respondieron: «Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda». Jesús les dijo: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?». Ellos le dijeron: «Sí, podemos». Jesús les dijo: «La copa que yo voy a beber, sí la beberéis y también seréis bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado; pero, sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado».
Al oír esto los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan. Jesús, llamándoles, les dice: «Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».
Comentario: Rev. D. René PARADA Menéndez (San Salvador, El Salvador)
Tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos
Hoy, el Señor nos enseña cuál debe ser nuestra actitud ante la Cruz. El amor ardiente a la voluntad de su Padre, para consumar la salvación del género humano —de cada hombre y mujer— le mueve a ir deprisa hacia Jerusalén, donde «será entregado (…), le condenarán a muerte (…), le azotarán y le matarán» (cf. Mc 10,33-34). Aunque a veces no entendamos o, incluso, tengamos miedo ante el dolor, el sufrimiento o las contradicciones de cada jornada, procuremos unirnos —por amor a la voluntad salvífica de Dios— con el ofrecimiento de la cruz de cada día.
La práctica asidua de la oración y los sacramentos, especialmente el de la Confesión personal de los pecados y el de la Eucaristía, acrecentarán en nosotros el amor a Dios y a los demás por Dios de tal modo que seremos capaces de decir «Sí, podemos» (Mc 10,39), a pesar de nuestras miserias, miedos y pecados. Sí, podremos abrazar la cruz de cada día (cf. Lc 9,23) por amor, con una sonrisa; esa cruz que se manifiesta en lo ordinario y cotidiano: la fatiga en el trabajo, las normales dificultades en la vida familiar y en las relaciones sociales, etc.
Sólo si abrazamos la cruz de cada día, negando nuestros gustos para servir a los demás, conseguiremos identificarnos con Cristo, que vino «a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10,45). Juan Pablo II explicaba que «el servicio de Jesús llega a su plenitud con la muerte en Cruz, o sea, con el don total de sí mismo». Imitemos, pues, a Jesucristo, transformando constantemente nuestro amor a Él en actos de servicio a todas las personas: ricos o pobres, con mucha o poca cultura, jóvenes o ancianos, sin distinciones. Actos de servicio para acercarlos a Dios y liberarlos del pecado.
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martes, 26 de mayo de 2015
SOLEMNIDADES DEL SEÑOR (3/5): La Santísima Trinidad
evangeli.net
Estimado/a amigo/a:
Nos disponemos a celebrar el misterio más grande, íntimo y profundo de Dios: un solo Dios y Tres Personas divinas. ¡Dios es una Familia! ¡Es Amor! ¿Quién hubiese podido antes siquiera sospechar esta maravillosa realidad? ¡Celebramos la belleza de Dios en sí misma! (leer más).
En la antigüedad —teológicamente hablando, antes de la venida de Jesucristo todo es “antigüedad”— los hombres conocían a Dios sólo fragmentariamente. ¡Incluso se le tenía miedo! Peor todavía: se “les tenía” miedo, porque el politeísmo (creencia en varios o muchos “dioses”) ha sido una debilidad constante en el pensamiento antiguo. En el mundo pagano apenas unas pocas almas —como Aristóteles— fueron capaces de razonar que solamente era posible la existencia de un único Dios.
Sólo el pueblo judío —como pueblo elegido para regeneración de la Humanidad— estuvo “inmune” del error politeísta. Dios trató de preservar el monoteísmo (fe en un único Dios) entre los de Israel, preparándolos para el momento de la revelación trinitaria. ¡Es un tema muy serio! Cada vez que los israelitas fueron infieles a esta verdad sufrieron duramente sus consecuencias (guerras y derrotas, exilios, etc.). Hoy día nos puede parecer una barbaridad que Dios mismo se permitiera tal modo de proceder. ¡Aprendamos de la historia!: desconocer al verdadero Dios es lo peor que nos puede suceder en esta vida y en la del más allá.
Con la Encarnación de Dios Hijo se produce “un antes y un después”. Todo cambia desde que Jesús nos desveló —poco a poco— la maravilla de que Él tiene un Padre eterno —con el cual se identifica plenamente— y cuyo Espíritu que les une es también otra Persona (no una “energía”) de categoría divina (leer más).
«Cuando venga el Paráclito que yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, Él dará testimonio de mí» (Jn 15,26). Jesús habló de modo natural —familiar y personal— del Padre y del Espíritu Santo. Cristo no hizo una exposición teológica. Han sido los filósofos y teólogos cristianos quienes, con el paso de los años, han profundizado en el “ser” de cada una de las Personas Divinas.
Precisamente, la reflexión sobre las acciones espirituales de que somos capaces los seres humanos —entender y amar— nos ha permitido entender algo más del misterio trinitario. El conocimiento que el Padre tiene de sí mismo —su propia imagen— es tan perfecto, tan infinito que es substancialmente una Persona divina: el Hijo, totalmente semejante al Padre. A la vez, de este “infinito semejarse” procede una mutua complacencia —un Amor— que también es infinito: el Espíritu Santo es la divina personificación del amor entre el Padre y el Hijo.
Todo este desarrollo puede parecer abstracto, pero… ¿no hallamos en ello también un rastro de nuestro propio ser? ¡Somos su imagen! ¿No es cierto que cada uno de nosotros es capaz de pensar en sí mismo, de tener una imagen de sí mismo? La diferencia está en que la imagen que yo tengo de mí mismo no es substancial (no es una persona completa), ni infinita. En el caso de Dios sí que lo es (¡por eso es Dios!). Y, ¿qué decir del amor humano? ¿No es también cierto que somos capaces de amar e identificarnos con la persona que amamos? Sin embargo, no podemos hacerlo en grado infinito (frecuentemente, nuestro amor —siendo real—es frágil). ¿No son nuestros hijos una personificación del amor de los padres? En el caso de Dios todo esto es vivido a un nivel infinito: es la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo, Amor infinito que procede del Padre y del Hijo.
Estamos invitados a formar parte de esta “Familia”, de la cual somos hijos del Padre en el Hijo por el Espíritu Santo. Hablar con el Padre, hablar con el Hijo, hablar con el Espíritu Santo: ¡he ahí la rebeldía más grande de la que es capaz el ser humano! (leer más).
Antoni Carol i Hostench, pbro.
(Coordinador general de evangeli.net)
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Your 3-Minute Retreat for May 26, 2015
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Contemplar el Evangelio de hoy
Contemplar el Evangelio de hoy
Día litúrgico: Martes VIII del tiempo ordinario
Comentario: Rev. D. Jordi SOTORRA i Garriga (Sabadell, Barcelona, España)
Nadie que haya dejado casa (...) por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno (...) y en el mundo venidero, vida eterna
Hoy, como aquel amo que iba cada mañana a la plaza a buscar trabajadores para su viña, el Señor busca discípulos, seguidores, amigos. Su llamada es universal. ¡Es una oferta fascinante! El Señor nos da confianza. Pero pone una condición para ser discípulos, condición que nos puede desanimar: hay que dejar «casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio» (Mc 10,29).
¿No hay contrapartida? ¿No habrá recompensa? ¿Esto aportará algún beneficio? Pedro, en nombre de los Apóstoles, recuerda al Maestro: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mc 10,28), como queriendo decir: ¿qué sacaremos de todo eso?
La promesa del Señor es generosa: «El ciento por uno: ahora en el presente (...) y en el mundo venidero, vida eterna» (Mc 10,30). Él no se deja ganar en generosidad. Pero añade: «Con persecuciones». Jesús es realista y no quiere engañar. Ser discípulo suyo, si lo somos de verdad, nos traerá dificultades, problemas. Pero Jesús considera las persecuciones y las dificultades como un premio, ya que nos ayudan a crecer, si las sabemos aceptar y vivir como una ocasión de ganar en madurez y en responsabilidad. Todo aquello que es motivo de sacrificio nos asemeja a Jesucristo que nos salva por su muerte en Cruz.
Siempre estamos a tiempo para revisar nuestra vida y acercarnos más a Jesucristo. Estos tiempos y todo tiempo nos permiten —por medio de la oración y de los sacramentos— averiguar si entre los discípulos que Él busca estamos nosotros, y veremos también cuál ha de ser nuestra respuesta a esta llamada. Al lado de respuestas radicales (como la de los Apóstoles) hay otras. Para muchos, dejar "casa, hermanos, hermanas, madre, padre..." significará dejar todo aquello que nos impida vivir en profundidad la amistad con Jesucristo y, como consecuencia, serle sus testigos ante el mundo. Y esto es urgente, ¿no te parece?
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lunes, 25 de mayo de 2015
Your 3-Minute Retreat for May 25, 2015
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