martes, 3 de noviembre de 2015

Contemplar el Evangelio de hoy

Contemplar el Evangelio de hoy

D�a lit�rgico: Martes XXXI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 14,15-24): En aquel tiempo, dijo a Jes�s uno de los que com�an a la mesa: ��Dichoso el que pueda comer en el Reino de Dios!�. �l le respondi�: �Un hombre dio una gran cena y convid� a muchos; a la hora de la cena envi� a su siervo a decir a los invitados: ?Venid, que ya est� todo preparado?. Pero todos a una empezaron a excusarse. El primero le dijo: ?He comprado un campo y tengo que ir a verlo; te ruego me dispenses?. Y otro dijo: ?He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego me dispenses?. Otro dijo: ?Me he casado, y por eso no puedo ir?.

�Regres� el siervo y se lo cont� a su se�or. Entonces, airado el due�o de la casa, dijo a su siervo: ?Sal en seguida a las plazas y calles de la ciudad, y haz entrar aqu� a los pobres y lisiados, y ciegos y cojos?. Dijo el siervo: ?Se�or, se ha hecho lo que mandaste, y todav�a hay sitio?. Dijo el se�or al siervo: ?Sal a los caminos y cercas, y obliga a entrar hasta que se llene mi casa?. Porque os digo que ninguno de aquellos invitados probar� mi cena�.

Comentario: Rev. D. Joan COSTA i Bou (Barcelona, Espa�a)

�Sal a los caminos y cercas, y obliga a entrar hasta que se llene mi casa�

Hoy, el Se�or nos ofrece una imagen de la eternidad representada por un banquete. El banquete significa el lugar donde la familia y los amigos se encuentran juntos, gozando de la compa��a, de la conversaci�n y de la amistad en torno a la misma mesa. Esta imagen nos habla de la intimidad con Dios trinidad y del gozo que encontraremos en la estancia del cielo. Todo lo ha hecho para nosotros y nos llama porque �ya est� todo preparado� (Lc 14,17). Nos quiere con �l; quiere a todos los hombres y las mujeres del mundo a su lado, a cada uno de nosotros.

Es necesario, sin embargo, que queramos ir. Y a pesar de saber que es donde mejor se est�, porque el cielo es nuestra morada eterna, que excede todas las m�s nobles aspiraciones humanas ?�ni el ojo vio, ni el o�do oy�, ni al coraz�n del hombre lleg�, lo que Dios prepar� para los que le aman� (1Cor 2,9) y, por lo tanto, nada le es comparable?; sin embargo, somos capaces de rechazar la invitaci�n divina y perdernos eternamente el mejor ofrecimiento que Dios pod�a hacernos: participar de su casa, de su mesa, de su intimidad para siempre. �Qu� gran responsabilidad!

Somos, desdichadamente, capaces de cambiar a Dios por cualquier cosa. Unos, como leemos en el Evangelio de hoy, por un campo; otros, por unos bueyes. �Y t� y yo, por qu� somos capaces de cambiar a aqu�l que es nuestro Dios y su invitaci�n? Hay quien por pereza, por dejadez, por comodidad deja de cumplir sus deberes de amor para con Dios: �Tan poco vale Dios, que lo sustituimos por cualquier otra cosa? Que nuestra respuesta al ofrecimiento divino sea siempre un s�, lleno de agradecimiento y de admiraci�n.


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